| Derecho de la Sinceridad | ||||||||||||||||||||||||
| Introducci�n a las Rejas. | ||||||||||||||||||||||||
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Introducci�n a las Rejas.La arquitectura ha de considerarse como un arte del tiempo, no del espacio, como ya lo afirmara el urbanista Le Corbousier. Ello es as�, en virtud de que toda construcci�n supone un modo de recorrerla y habitarla, un andar y un permanecer. Las paredes se suceden, las ventanas se interrumpen, los pisos y los techos se escalonan. Todo lugar, pues, supone una administraci�n de la libertad, no s�lo un �mbito de su desenvolvimiento. El teatro, por ejemplo, supone la pasividad estructural de los espectadores, y un s�lo establecimiento posible hacia el centro de la atenci�n, cual es el escenario. All� es donde transcurre el movimiento, a la vista, a la intemperie de los otros, que precisamente est�n all� para escrutar esa intimidad que se desenvuelve, secreta y p�blica. Coloquemos unas rejas entre el p�blico y los actores. Veremos c�mo �stas agotan la escena y la hace aparecer rid�culamente dispuesta en un peque�o �mbito. Toda acci�n queda recortada, cada impulsi�n aparece detenida, peque�a, intrascendente. Como si cada palabra, cada acci�n producida all� dentro hubieran sido previamente asesinadas. Premuertas. Los tinglados aparecen a la vista, como todo el esqueleto t�cnico y est�tico. Los personajes quedan reducidos a mu�ecos y peleles, obligados a repetirse, aut�matas apenas simp�ticos.Una clase dispone a los alumnos de modo tal que la direcci�n de sus miradas se encuentre fija en el profesor. Este �ltimo es quien tiene no s�lo la palabra, sino la demostraci�n. Es quien posee la visi�n m�s completa del aula y al mismo tiempo quien la puede recorrer desde todos sus �ngulos. Coloquemos una reja entre el profesor y los alumnos. Se ver� entonces cu�nto artificio poseen sus manifestaciones, cu�n d�biles sus profundas ense�anzas, cu�n absurdas sus convicciones y vehemencias.Supongamos tambi�n una obra de arte, inm�vil, adscripta en un museo, cuyo recorrido precisamente se lleva de la mano de sus insinuaciones. Coloquemos entre el admirante y la obra, una reja. Veremos c�mo nos aparece m�s concreta, menos cierta, apagada. C�mo el marco la constri�e, c�mo toda claridad se opaca y cada gesto se retiene.As�, en cualquier an�lisis de la realidad, existe una estructura predeterminada de observaci�n, que obra como l�mite de clarividencia. Un castigo, por ejemplo, ya presume un culpable, un culpable supone la aserci�n de su libertad. Esta �ltima supone una previa igualdad de elecci�n. Esta elecci�n supone categor�as de valores aceptadas globalmente.Hay, por tanto, reacciones previas al an�lisis, que s�lo se impulsan en la identificaci�n de su objeto. Hay una carga axiom�tica e irreflexiva que se coloca aprior�sticamente a cualquier consideraci�n, las que se transforman por ello mismo, en consecuentes.La c�rcel, como instituci�n, importa subyacentemente, la necesidad inconsciente del olvido, la construcci�n acabada de una gran indiferencia.No llama la atenci�n, entonces, la existencia de muy pocos trabajos relacionados con esta tem�tica. La ignorancia propende a la arbitrariedad intramuros. Y el gesto de la condena supone el barrido del conflicto que el hecho delictual desafiara.Alguien mira al trav�s de los barrotes. La reja no s�lo recorta la luz del Sol, sino que deja el rostro marcado del arado de su sombra.I. Primera Reja.Origen de la prisi�n.La pena de prisi�n es consecuente con el advenimiento de la burgues�a, el modo de dominaci�n burocr�tico y la creaci�n de los Estados-Naciones.El tiempo como mercanc�a, lineal y constante. Fungible. Persecuente. El tiempo como construcci�n del espacio. Mera espera.El rostro del condenado pierde toda su carga de misterio, es decir, de humanidad, y se le arroja detr�s de los muros, para no verle.Se fragmenta y reduce la visi�n del conflicto que supone un hecho de violencia, y ya nadie tendr� una visi�n integradora del mismo. Queda confinado en estructuras prehechas, amoldadas, que s�lo se repiten a s� mismas.Hay la necesidad de clasificar, de clausurar, de reducir. Quien ha sido hallado culpable de un delito, ser� rotulado con �l. Categorizaci�n que comprime al ser en los l�mites del s�mbolo. Sin m�s profundidad que la del gesto del encierro.Hay la desidia articulada desde fuera y desde dentro. Y hay la soledad a la que se constri�e a unos y a otros. Pretendi�ndose recoger desde el silencio las cenizas de la reconciliaci�n con el mundo, el recuento de los lazos que le ligan con su propia moral. Hombre y deber en una dial�ctica en que se desconocen. Vigilancia perpetua, coerci�n que impide saberse cierto. Luego, las construcciones penitenciarias, pensadas como simples lugares de seguridad y contenci�n, se transforman en manipuladoras de la vida del hombre. Constri��ndolo al vac�o de s�. Al desdoblamiento sobre el propio pecho, amurado.Y la b�squeda, no de una libertad, sino de una salida.Responde ciertamente, la prisi�n, a los mismos condicionamientos de poder que su marco socio-hist�rico, pero de un modo m�s directo, tenso, expl�cito. As�, se reproducen todos los modos de la sumisi�n, todas las formas de los etiquetamientos. Y se adhieren a los cuerpos las astillas de una artificialidad constante. Hay la imposibilidad del trato, que se vuelve estudiado, somero, cauto. El arrinconamiento.El antiguo poder sobre la muerte transformado en sumisi�n de la vida.Las casas de correcci�n, los hospicios para pobres, los internados para enfermos. La repulsi�n que es arrastrada, arrinconada y bendita en su condici�n de sacrificio.Tr�tase de corregir, de conducir de tal modo al ser que s�lo pueda dirigirse en la direcci�n que se le busca como apropiada. Sus bienes y derechos, luego, est�n desde el inicio predeterminados hacia la consecuci�n de determinado fin, hacia el abrazo de determinado objeto, que al tiempo que los define, les agota.El modelo de la f�brica, en la que el operario debe estar apresado a su funci�n, caracter�stica, repetida, constante, se vuelca en medio del patio de la prisi�n, ante el interno quieto, detenido, cuya tarea es precisamente el estancamiento.Se encierra por repulsi�n, al reconocer en otros nuestras entra�as. Se encierra por odio, al temer en nosotros el mismo desgarramiento que provoc� un arrebato de ira. Se encierra por desidia, al no hacernos cargo de nuestros privilegios. Se encierra por verg�enza, para no develarnos ni descubrirnos. Se esconde todo aquello que el mercado no recepta, para que la ley de ese mercado lo gobierne todo.Toda esa tremenda desnudez se nos vuelve verg�enza. Todo �nimo desprendido se nos enquista en la molicie. Toda esa pobreza nos desviste el cuero. Todas esas culpas urgan en nuestra inocencia. Abren heridas que debemos cerrar sin el m�s m�nimo dolor. Una sencilla muesca de agon�a, que se estampa como incisi�n en la roca.Segunda Reja.Los espacios de la retenci�n.En un viejo art�culo aparecido en la Revista Penal y Penitenciaria , el arquitecto Arnaldo H. Giorgi establece la importancia de la Arquitectura Penitenciaria dentro de las ciencias penales, haci�ndola comprensiva de los siguientes elementos conformadores y subsidiarios: La historia de las c�rceles; la sistem�tica constructiva, de acuerdo a las doctrinas de construcci�n radial, circular, pan�ptica; la administraci�n, que depende de aquella �ltima y que hace al cuidado y gobierno del establecimiento; la geograf�a, que estructura a �ste a su ubicaci�n concreta y posibilidades naturales; y la higiene, en cuanto tiene que ver con las distribuciones, exposici�n al Sol, aireaci�n de las habitaciones, etc. Todo ello hace un gran cuadro asc�ptico que procura una construcci�n estoica, privada de cualquier se�al, brillo, cuidado o confortabilidad. Algo as� como un mausoleo que debe estar dispuesto para la desinfecci�n constante, por el peso diario de los restos.Las paredes deben convertirse en pasillos. Debe circularse con la mirada retenida en c�rculos resecos. Se tiene el dominio de lo m�nimo, de aquellas manifestaciones del cuerpo que puedan expresar movimiento. Para finalmente entumecer los m�sculos en una agotada dureza, en una apretada flacidez inm�vil.C�mo concebir un espacio que no ha de ser habitado, sino meramente ocupado, dispuesto. Queda el preso en el interior de un profundo lecho enajenante. Desdoblado. El principio es el de la no permanencia. Todo resulta provisorio. Todo puede ser robado, requisado, destruido. Se es entonces preso en una oquedad insensible. Quien hubo sido rechazado por el medio libre, es negado luego en reclusi�n. Ni afuera ni adentro, nadie le ha invitado a quedarse.No hay, pues, un sitio, sino nada m�s que conjunciones enfrentadas, confluyentes, retiradas. Da la sensaci�n de estarse vuelto del rev�s. Cada una de las paredes son espaldas. A los cuatro lados, espaldas. Todo di�logo, entonces, se vuelve perverso, sinuoso, de dobles intenciones, oscuros, desconfiados. Logrando finalmente no un encierro sino una ausencia.La persona queda, pues, a disposici�n. No s�lo privada de su libertad ambulatoria. Hay la necesidad del confinamiento, se empuja al detenido contra la reja, contra la cara interna de su propia celda, como �nico modo de ubicarlo. Esto es, perderlo, camuflarlo en su lugar, el troquel uniforme. El olvido.En ese rigor del tiempo detenido, no es casual que en el argot de los internos la prisi�n se halla bautizado �la tumba�. Uniformidad de lo acabado. Persistencia de la desesperanza. En situaci�n de inseguridad, oscuridad, aislamiento, cada golpe es arbitrario, cada columna irracional, cada viga absurda. As�, los toques de silbato, los gritos, disparos, roturas, forman parte del ambiente, como las ratas, el olor a resignaci�n, la mirada impasible. Los labios apretados.Como peso muerto le llevan de un sitio a otro. Cad�ver que uno mismo debe levantar con sus piernas. No hay ventanas, sino vaciaderos de luz, por donde se evade todo prop�sito.Y se arroja la basura a los patios interiores. Lo mismo que los cuerpos de quienes fueron golpeados, heridos o muertos.Se trabaja a lo largo de todo el Sistema Penitenciario con un arquetipo del interno, el cual responde a caracter�sticas definidas de minusval�a, incapacidad, ignorancia y dependencia. Ti�ndese a reconocer en �l a un esp�ritu malformado o incompleto, al que hay que dotarle de las herramientas necesarias para que pueda parangonarse con el resto. Es sometido entonces a un proceso en el que no interviene, se le hace tomar una direcci�n que no busca. Y en lugar de comprender los valores cuyo accionar hubo afectado, asume los comportamientos adecuados para mejor comodidad en un recinto colmado.Mucho de esa caracterolog�a es se�al de los procesos de pauperizaci�n que se estampan en los internos a trav�s de su prisonizaci�n. Luego de los trabajos cl�sicos de Goffman y Foucault, con el desarrollo sostenido por los cultores de la criminolog�a cr�tica , es indudable que en el seno carcelario se lleva a cabo la despersonalizaci�n m�s acabada. Mimetizaci�n con lo ajenizante.Se le instala en la culminaci�n de lo parcializado. Se vive de modo latente, impreciso. Se sobrevive. Lejos de cualquier ejercicio de la responsabilidad, se logra fingir una atadura completa. El rostro contra el pecho tambi�n es mirada de soslayo. No se es libre en la insinceridad. Quien permanece en prisi�n no es uno mismo, es un artificio manejable, es una �ca�da�. Tensiones neur�ticas en el doble tratamiento con los compa�eros de prisi�n y con los agentes penitenciarios. Manipulaci�n de la hipocres�a, cuya consecuencia es una escrupulosa sospecha. Vigilancia dentro de la vigilancia que impedir� lazos ciertos. Una funci�n en que se agrede la integridad, la intimidad, el prop�sito.Todo se encuentra normado. Existe un f�rrago de disposiciones que, desconocidas por los internos, acrecientan la arbitrariedad de los guardias, y constituyen el ahogo dentro del encierro. Un interno de la C�rcel de Encausados Unidad Uno de la Capital Federal, nos refer�a que toda relaci�n convivencial, tanto la que se lleva a cabo con los compa�eros como con los guardiac�rceles, es no-espont�nea, no verdadera. La relaci�n cotidiana se vuelve profesional. Abstracta. Medida. Distancia entre quienes deben estar juntos. Extremos de una soledad trabajada y conveniente. Tercera Reja.Los espacios del desprecio.Recluidos, observados, penetrados de los mismos gestos apresados, de los mismos olores renunciantes, los agentes penitenciarios, funcionarios p�blicos, cara expuesta de esa herida mustia. Militarizados, sin voz. Marcados, sin grito. Su r�gimen les construye una malla terap�utica, de la que no pueden emerger, a�n una vez retirados. Se les encorseta desde m�ltiples sentidos (los superiores, los subordinados, los internos, las familias, los jueces, los decisores pol�ticos) para que trasladen su par�lisis al sistema.Se respira un aire de resignaci�n a las tareas, de compromiso estrat�gico, de comportamiento que confunde desconfianza con inteligencia. Hay un ocio abandonado, que se levanta apenas del suelo. Un desgano progresivo. Y la ocasi�n de la d�diva. En Francia, durante los a�os 1988 y 1989 tuvieron lugar dos importantes revueltas de los agentes penitenciarios. Las medidas de fuerza consistieron en negarse a encarcelar a los presos preventivos detenidos en comisar�as, por la falta de espacio habitable, y alcanz� en el segundo a�o a impedir el acceso a los locutorios de visitas y abogados. S�lo el ej�rcito pudo devolver la situaci�n a su estado de tranquilidad. Los reclamos concretos se refer�an a una ampliaci�n del personal, mejora de salarios, jubilaciones y pensiones, de las condiciones de trabajo, y sobre todo a un mayor respeto por los derechos y la dignidad del personal penitenciario. Para nuestro margen recomendamos la organizaci�n colectiva de estos funcionarios, acompa�ados de la consecuente posibilidad de expresar sus necesidades y enfrentamientos. Como otro modo de abrir las puertas de ese terrible laberinto de la c�rcel.Acerca de la preparaci�n intelectual de los agentes del Servicio Penitenciario, la misma �ndole de sus tareas con m�s la caracter�stica de encierro que ser� su constante, obligan a su formaci�n en las Universidades de Derecho y Ciencias Sociales del pa�s. Hoy, se llevan a cabo los cursos, reuniones y perfeccionamientos en las escuelas penitenciarias o centros especializados, que �nicamente agudizan el aislamiento de estos agentes, su desprecio por el resto de los operarios del sistema penal, y el desconocimiento y desarticulaci�n consecuentes. Esta preparaci�n cursada entre los mismos cuadros de alumnos de quienes trabajar�n en las mismas tareas, y con quienes se relacionar�n profesionalmente, ya ha sido recomendada desde el Congreso Penal y Penitenciario realizado en Praga en el a�o 1930.Toda una larga lista de deberes abstractos, prohibiciones gen�ricas, asunciones de conducta, caracteres de la personalidad, hacen, en el juego de normas de la funci�n penitenciaria7 , tejer una real incapacidad de hecho, para muchos de los aspectos relacionados con los derechos de los agentes. Nos referimos sobre todo a los art�culos que tienden a construir una figura, no una actividad. A aquellas limitaciones que no tienen que ver con el ejercicio de las tareas sino con la imagen de aquellas. A las inhibiciones que no comprenden ataques a terceras personas, directos o indirectos, sino s�lo a la construcci�n artificial de una instituci�n cuyas columnas, d�biles, como las vetustas vigas de la c�rcel, se sostiene en las espaldas agobiadas de sus pobladores.As�, los agentes del Servicio Penitenciario, temerosos, soberbios a fuerza de inseguridades, padecen de un ritualismo conformante de una profusi�n de formas, que s�lo les devuelve una conformidad reseca. S�LO LA SINCERIDAD DERRIBA LOS MUROS. Ra�l Ceruti, 1998. | |||||||||||||||||||||||
| Dos mon�logos criminol�gicos. | ||||||||||||||||||||||||
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Relato de un delincuente El hombre odia lo que teme de s� mismo. Abrir su cuerpo y hallar el eco errante de una voz profunda y soterrada. Ocultarla con el gesto de lo extra�o y apagar as� los desgarros que profiere. Yo soy los rostros de la verg�enza. Las miradas torvas del apartamiento, los manotazos de la l�stima, los movimientos de la lejan�a, fueron modelando lerdamente mi dureza, mi recelo, mi mutismo. Como si acaso la prisi�n comenzara por mi rostro. Rejas de curtida, r�stica, piel de cruel afasia. S�lo la mueca del silencio detenida en las arrugas. En un principio todas las sombras me eran adheridas. Luego, poco a poco fueron separ�ndose la culpa. En un principio s�lo la peste me acompa�aba. M�s tarde fue el terror y la locura. De demonio a delincuente. De salvaje a peligroso. Del mal al delito. Al principio, el estigma de Ca�n era s�lo la se�al de un misterio fascinante. M�s tarde s�lo fue una descripci�n emp�rica, dependiente de los factores azarosos de la herencia. Monstruosidad que ser� mera perversi�n. Perversi�n que m�s tarde har� la marginalidad, ineptitud, inadaptabilidad, psicopat�a. Al fin, el parricidio, crimen absoluto, dureza extrema de la rebeld�a, tala rigurosa de la sangre, pasar� a convertirse en la l�nea de un principio revolucionario, para acabar profanado en la fr�gil figura de los atentados contra la autoridad. Al fin, la blasfemia, de voz humana desafiante, desprendida, rugiente contra los silencios de la oculta divinidad suprema, ser� luego nada m�s que una norma de buena costumbre, para terminar rebajada a la prohibici�n del desacato. Al fin, el incesto, de tab� sagrado, de infracci�n oscura, de arcana violaci�n profunda y trascendente, pasar� a convertirse en una norma de distinci�n social, para m�s tarde, desaparecer reemplazada por el cohecho. Al fin, los sagrados �xtasis de Eleusis, los aquelarres, la danza fren�tica de las bacantes, de invocaci�n a las ra�ces encastradas de la furia apasionante, de encarnecida exaltaci�n del otro agazapado en uno mismo, acaba reducido al vicio de mercado de la tenencia de drogas. Fu� tiniebla y s�lo soy la sombra. Fu� el infierno y s�lo soy el muro. Qu� extra�eza produce mi rostro remarcado. Mueca ext�tica de sus abrupciones. La impureza de las almas deb�a ser fijada en piel enferma. Los leprosos fueron los primeros habitantes de prisiones. Luego vendr�an los ingentes, locos, vagabundos y asociales. Mientras los otros dejaban apresarse en las escuelas, en las f�bricas, en las oficinas. �mbitos situacionales. Uno es donde sea colocado. Primero he sido lapidado, o mandado a la hoguera, asociado al demonio y a otras fuerzas sobrenaturales. Luego, tales descuartizamientos, torturas y padeceres, se ordenaban en nombre de la soberan�a de un monarca, y el m�o corr�a parejo al de los locos, impedidos y contrahechos. M�s tarde a�n, me confinaron a estrechas celdas de aprendizaje o contenci�n, haci�ndome part�cipe de una fatalidad gen�tica. Hoy, me sumen en las prisiones al esfuerzo del olvido, penoso y disociado. Y mi �nica caracter�stica se�ada es el descuido. Ya no se me se�ala, ahora m�s bien me seleccionan. La Iglesia, el Reino, la Revoluci�n, la Burgues�a, Vosotros, que est�is sentados. Las que se dicen mis v�ctimas, han constru�do sucesivamente mi pulso, mi semblante, la fuerza de mis manos y el tono de mi temperamento. El orden requiere de la seria antinomia del mal y del bien. Hubo �pocas de enfrentamiento, antes de llegar a estos d�as de simple definici�n. Hay el orden clasificatorio, ignorante de sus contenidos. Hay el orden tranquilizador de no saber, que pugnan por todos los resquicios del presente, los restos fantasmag�ricos de aquellos que yo he sido, y cuyo grito se tem�a. En vuestra actual comodidad no lo o�s, porque vuestra seguridad acab� por encerraros, protegidos de vosotros mismos. HABLA LA PENA DE MUERTE. �Qu� tiene que ver el dolor con la Justicia?. Ejecutar no es matar. Es excluir, separar lo ya apartado, solo, desierto. Se puede talar un tronco est�ril o dejarlo que permanezca en su vaciedad hasta pudrirse. La elecci�n es indiferente. No hay la menor relaci�n, intenci�n o deseo con respecto al condenado. No se espera ya nada de �l. Ni siquiera el �ltimo grito. Que se apaga con la mortaja prematura del encierro. Colocan ante m� a un sujeto expuesto, que es pura exterioridad, un m�rgen calc�reo que se deja caer. Pellejo atormentado. Carne de arena. Soy, como la Virtud, asc�ptica, l�mpida, sin m�cula. Mi seducci�n consiste, precisamente, en quitarle todo dolor a la justicia. Erigir un miedo desapasionado. Ser lo inevitanble moral, as� como la muerte propio es lo insalvable f�sico. La espera ineludible. All� me lo ponen, arrinconado. Y hay momentos de ahogo, de asfixia, en que ya no hay m�s espacio. S�lo el gesto ciego de amurallar las piedras contra un sucio pared�n. Cada una colocada por cada v�ctima. En lugar de la lapidaci�n. Ustedes me creen estar juzgando. Me han citado para hablar. A m�, que s�lo silencio. Quieren escuchar lo que no se atreven a a pensar por s� mismos. �Es usted occidental? Usted eligi� matar a los b�arbaros entre las filas del ej�rcito romano. Persigui� a los cristianos en sangrientos enfrentamientos. Luego, se hizo cristiano y arroj� a la hoguera o atraves� con sus armas la piel de los infieles. Produjo matanzas crudel�simas en nombre de su rey y de su patria; y luego en nombre de sus luchas contra el rey o la patria. Invent� la guillotina, el envenenamiento, la silla el�ctrica, para reemplazar otros suplicios inc�modos. �Habla usted de Derecho?. El primer acto de legitimaci�n de una ley es un acto de violencia. Una culminaci�n del despojo. La muerte est� en el motor de la Historia, es combustible de progreso, y su necesidad est� enmarcada por el poder y la raz�n. Toda la sangre por la formaci�n de Occidente, le reclama. Usted eligi� por s� a cada una de sus v�ctimas. En esos casos, me relegaban al exterminio de cobardes y traidores. Para insuflarles, acaso, la dignidad de la ejecuci�n. Dar una noble ultimaci�n a las vidas miserables. Toda indiferencia es una afirmaci�n de la muerte. Vuestros rostros, cerrados como tumbas, me observan. Sabed que no me entrego a nadie. Me he rebajado a esta pantomima con el s�lo fin de divertirme. Idiotas que creen influenciarme, o peor a�n, defenderme. Hace tiempo que la marca de Ca�n se ha borrado. Hoy la lleva sobre su frente el verdugo. En cuanto el hombre se sustrae de la Raz�n, se somete al reino de la necesidad, de la fuerza. Cae en la jerarqu�a de la escala biol�gica, y vuelve a confundirse con los simios, con el musgo, con las piedras. Movido por instintos ralos, arrastrado por presiones mec�nicas, impulsado por reacciones viscerales. Se coloca como objeto otra vez, reducido a la espera de alg�n golpe. Yo administro entonces la causalidad absoluta; conduzco y expongo a la noci�n m�s extrema de la temporalidad. Criatura que queda a merced de la l�gica insensible de la fuerza. Tengo para m� un reloj inm�vil. No quito el tiempo, lo detengo. Al instante de cada ejecuci�n, pronuncio el silencio conque la eternidad acumula sus reses. No amputo ninguna esperanza. Dejo escapar por a trav�s de ese instante abierto, las culpas de todos cuantos callan, ignoran u observan. En ese enmudecimiento hacen implosi�n sus cargas agresivas y se logra al fin la expiaci�n de sus sombras. Hay un principio inherente a ello: Todo hueco es fuente de luz. Desg�rrese, qu�tese el pellejo de su bronca. Asuma la verg�enza de no atreverse a matar por su mano. No buscan en m�, y por m�, en la muerte, m�s que purifique aquello que me traen. Agua de abluci�n, fuego consagrado. Pureza que no viene del dolor, ni merced al sacrificio; sino que es dada por la m�mesis de todos en la santidad de sus ondas. Catarsis en que repliegan las atrocidades cometidas. El cuerpo extra�o se hunde definitivamente, y queda en la superficie la sola languidez de su humanidad. �Qu� tiene que ver la justicia con la culpa del ajusticiado?. S�lo debe corregir y consolar la de los justiciantes. Quien sufre una condena ya objetiv� su pecado, lo corporiz�, lo llev� fuera de s� mismo. Lo tiene ante su vista, le es concreto, preciso, conforme. Coincide con los repliegues de su piel, lleva su olor, repite sus costumbres. En cambio, a los expectantes les angustia una sorda soledad, que debe protegerse. Busquen, raspen, rasguen en vosotros mismos hasta hallar el fr�o, el lerdo gesto en que mis manos os acunan. Llev�is, todos, conmigo, una relaci�n ed�pica que no se resuelve. De ah� el malestar de vuestras consciencias. De ah� la verg�enza de observar mis senos, mis labios, mis piernas. Y el deseo compulsivo de rozarme. Lividez y sonrojo. La caricia est�tica, dura. El sue�o roto. Soy, se�ores, la �nica pena que mueve a compasi�n por el sujeto condenado. Acaso porque en el rostro yerto, la voz apagada, se reconoce la �ltima y primera desnudez del ser humano. No se es cruel quitando la vida. Lo que no se soporta es la irrazonable irrupci�n de la muerte. Por m�, hay la tranquilidad de una raz�n abstracta. Es un modo de quitar de en medio ese misterio perturbador de la nada, sin m�s, acaecida. El sosiego de una muerte controlada, acabada en lo que pudiera tener de terror o de ignorancia. S�lo el cobijo, casto, de un final cerrado, sin m�s contorsiones que una orden firme, un entierro tabulado. Prever la muerte como un texto escrito. A ver, �prefer�s acaso la larga agon�a anquilosada de la c�rcel?. Ese pulpo reproductor de ocio reseco, tiempo sometido a la nada, donde las horas mueren y el hombre, el hombre sigue absurdamente vivo. Si quer�is apresar al delito en un c�rculo, deb�is hacerlo con absoluto rigor. El s�mbolo debe poseer la calidad de lo concreto, de lo puntual, de lo inmediato. �C�mo explicar una condena, absoluto bautismo de irrecuperabilidad, simplemente como una postergaci�n del sujeto?. �C�mo puede condicionarse la apreciaci�n del mal?. Como si por el mero transcurso del tiempo se fuera agotandola vileza del hecho, que, como tal, ya ha quedado en el pasado, irreductible. Un torturador al que vemos realizar sus tareas cotidianas, que est� presente, que convive en nuestro espacio, contin�a, contin�a torturando. Aturdido en ese marasmo, escupido por espasm�dicas convulsiones, odios acalambrados, desprecios lascerantes. S�lo el muro, ante la r�faga, puede devolverle una mirada digna. Me lastiman los gritos de los prisioneros. Raz�n por la cual muchas veces prefiero ultimarlos en la calle. Este es un nuevo gesto de piedad: La prontitud de la ejecuci�n. Mas, los abogados, purgan su soberbia a trav�s de la largueza de las agon�as. En la calle, al menos, el fin tiene la parodia del hero�smo. Ellos, que recuerdan vuestras sombras, est�n ah�, presentes, obvios, expuestos, en la m�s pr�stina evidencia. Y hay que hacer algo, hay que tapar esa desnudez como llaga que os muestra, ante vosotros, vuestras entra�as. As�, no censuro de ning�n modo la consciencia del que muere, sino que m�s bien protejo la de aquellos (s�, los que mir�is), que deben continuar con vida. Os entrego la tranquilidad que es principio de todo orden. Yo resuelvo por la paz, evit�ndole al hombre el tener que enfrentarse con sus propias dudas. �Me han tra�do para masturbarse?. Un coqueteo infantil frente a una prostituta. Una incitaci�n lasciva frente a una virgen. �Vamos!, �qu�, os doy verg�enza?. Puedo cubrirme los ojos y seguir sintiendo la cercan�a morbosa de vuestros pensamientos. Soy l�tigo que no deja marca. Mi descarga es �nica y definitiva. Anulo el dolor y la culpa en un mismo gesto. Si han de condenarme, como si vosotros pudi�rais decidir sobre mi vida, no ser� por crueldad ni por ensa�amiento. Ser� por sobreprotecci�n. El mal, el bien, el l�tigo que los separa. La justicia es impersonal, ajena, lejana. No afirmo ni niego la vida. No afirmo ni niego la muerte. Son meros aconteceres de la naturaleza. S�lo defiendo la posici�n de los valores, como cr�as en un nido a la intemperie. �Miedo?. Si yo os libero del albur de la continuidad. La elecci�n es indiferente. �Arbitraria?. Lo suficiente como para que puedan fantasear conmigo. El castigo no es negaci�n del acto. Es afirmaci�n del derecho a castigar. Es el refrendo del orden de las ejecuciones. Por otra parte, como vosotros, creo firmemente en el Destino. As� es, s� se�or: Nadie muere dos minutos antes. Ra�l Ceruti, 1998.- | |||||||||||||||||||||||
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